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Una huella del mundo romano en España

La llegada de los romanos a Ampurias en el año 218 a.C. con motivo de la Segunda Guerra Púnica marcó el inicio de lo que se conoce como la Hispania romana. Sobre este tema tan extenso nos vamos a quedar hoy solo en unas pinceladas acerca de cómo los romanos se encargaron de organizar el territorio, porque todavía se puede sentir esa influencia a pesar de que han pasado milenios. Pero antes de comenzar, hay que recordar algo muy importante. No existe una Hispania como tal, bajo ese nombre, con el cual los romanos conocían a la Península Ibérica, se engloban una serie de provincias.

En los primeros años de la presencia romana, ésta se concentraba en la costa levantina y el sur peninsular.  Este primer territorio controlado fue dividido en dos provincias llamadas Hispania Citerior e Hispania Ulterior. La primera se extendía desde los Pirineos hasta Cartagena y tenía su capital en Tarraco (Tarragona). La segunda comprendía todo el valle del Guadalquivir y el sur, y su capital se encontraba en Corduba (Córdoba).

Ambas aparecieron en el año 197 a.C. y se mantuvieron hasta el año 27 a.C. relativamente intactas porque durante ese periodo de tiempo los romanos continuaron con su expansión por toda la Península Ibérica para conseguir la incorporación de todo el territorio y la sumisión de las poblaciones locales íberas, celtíberas y celtas a la autoridad de Roma. Esto no ocurrió sin una fuerte resistencia, como demostraron el líder lusitano Viriato a mediados del siglo II a.C. y los cántabros a finales del siglo I a.C.

Sin embargo, una vez que Roma consiguió controlar toda la Península, el emperador Augusto realizó una nueva reordenación del territorio, apareciendo tres provincias en sustitución de las anteriores: Bética, Cartaginense y Tarraconense.

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La provincia de la Bética (Baetica en latín) formaba parte de la antigua Hispania Ulterior y heredó su capital, Corduba. Se extendía por buena parte de lo que hoy es Andalucía y gozaba de la categoría de «provincia senatorial», lo que significaba que estaba bajo el control del Senado de Roma. A su vez, se encontraba dividida en cuatro regiones llamadas conventus iuridici que son conocidas por el nombre de sus capitales: Conventus Cordubensis (Corduba), Conventus Astigitanus (Astigi, actual Écija), Conventus Gaditanus (Gades, actual Cádiz), y Conventus Hispalensis (Hispalis, actual Sevilla).

La provincia de la Lusitania también era parte de la Hispania Ulterior y su capital se estableció en Augusta Emérita (Mérida). Agrupaba lo que hoy es buena parte de Portugal y Extremadura principalmente, y era una «provincial imperial», lo que significaba que estaba bajo el control del emperador, quien enviaba a un legado para su control. También para su mejor administración fue dividida en tres regiones: Conventus Emeritensis (Augusta Emerita), Conventus Scalabitanus (Scalabis Iulia, actual Santarem en Portugal), y Conventus Pacensis (Pax Iulia, actual Beja en Portugal).

La provincia de la Tarraconense (Tarraconensis en latín) era la heredera de la Hispania Citerior y la más grande de las tres, y una de las más extensas de todo el Imperio Romano, ya que extendía desde la costa levantina hasta lo que hoy es Galicia y el norte de la Península, además de incluir las islas Baleares. Por eso fue necesaria dividirla en siete regiones para su administración y control: Conventus Tarraconensis (Tarraco), Conventus Caesaraugustanus (Caesar Augusta, actual Zaragoza), Conventus Carthagiensis (Carthago Nova, actual Cartagena), Conventus Cluniensis (Clunia, situada en Burgos), Conventus Asturicensis (Asturica Augusta, actual Astorga), Conventus Lucensis (Lucus Augusti, actual Lugo) y Conventus Bracarensis (Bracara Augusta, actual Braga en Portugal). Debido a sus características y al haber sido la última parte de la Península en incorporarse al mundo romano, pasó a ser «provincial imperial», como lo era Lusitana, y contó con tres legiones romanas para garantizar la estabilidad de la provincia. Como heredera de la Citerior, continuó con su capital en Tarraco.

Esta división provincial se mantuvo durante cerca de tres siglos, y aunque hubo intentos de hacer una nueva reordenación, ésta no llegaría hasta el año 298 d.C. de la mano del emperador Diocleciano. El emperador decidió dividir la extensa provincia de la Tarraconense y creó dos nuevas: la Cartaginense y Gallaecia.

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La provincia de la Cartaginense (Carthaginensis en latín) se extendía desde las actuales costas de Murcia y Valencia hasta el interior de lo que hoy es Castilla y León. Al haber sido un antiguo conventus elevado a la categoría de provincia, no fue subdividido en otras regiones. Su capital siguió en Carthago Nova.

La provincia de la Gallaecia ocupaba todo el extremo noroeste peninsular y es fruto de la unión de tres antiguos conventus de la Tarraconense: Lucensis, Bracarensis y Asturicensis, los cuales se mantuvieron dentro de la nueva provincia. A estos se sumó más adelante el Conventus Cluniacensis.

Esta no fue la única reforma que afectó a la Península. Todas las provincias hispanas fueron agrupadas dentro de una nueva división administrativa, la Diócesis de Hispania, en la cual se incluyó otro territorio, la Mauretania Tingitana, situada en el norte de África y que tenía como capital Tingis (Tánger). Al ser unida a las provincias hispanas pasó a ser conocida también como Hispania Transfretana. La nueva diócesis estaba dirigida desde Augusta Emerita.

Así se mantendría Hispania hasta el final del Imperio Romano con la excepción de la creación de una nueva provincia a mediados del siglo IV d.C. tras separarla de la Tarraconense, la Baleárica (Ballearica en latín), que agrupaba todas las islas Baleares y tenía su capital en Pollentia (en Mallorca).

Después de haber visto esto, ¿por qué es importante está casi sucesión de nombres de regiones y ciudades? Pues porque, a pesar del paso de tantos siglos y en buena medida, todavía seguimos viviendo donde se establecieron los romanos.

Por un lado, fijémonos en la lista de ciudades mencionadas a lo largo del artículo. Quitando dos que no tuvieron continuidad (Clunia y Pollentia), todas las demás ciudades han sido habitadas de manera continua hasta la actualidad, aunque hayan pasado dos milenios en algunos casos. Incluso buena parte de esas localidades han seguido ocupando puestos importantes en la administración territorial actual como capitales de provincias (Córdoba, Tarragona, Lugo) y de comunidades autónomas (Sevilla, Mérida), e incluso en la división eclesiástica de España por ser sedes episcopales (Astorga). Además, casi todas esas localidades han conseguido mantener el nombre en latín que recibieron, con las debidas adaptaciones fonéticas por el paso del tiempo.

Incluso los nombres y características de las provincias han llegado hasta la actualidad. En el primer caso, Galicia ha conservado el nombre que dieron los romanos a esa región; y, saliéndonos un momento de España, se utiliza para hablar de los portugueses los adjetivos lusitano o luso. En el segundo caso, por ejemplo, la frontera de las provincias de la Bética y la Lusitania marcada por el río Guadiana sigue siendo la que separa Portugal de Andalucía. También gracias a que la Mauretania Tingitana quedó incluida en la Diócesis de Hispania es la razón por la que exista esa unión histórica entre ambos lados del Estrecho de Gibraltar.

Por eso, para entender por qué España está configurada tal y como se encuentra en la actualidad, hay que fijarse en la huella que dejó Roma en el territorio a lo largo de más de seis siglos y comprobaremos que no hacemos más que seguir la organización que nos legaron los romanos. ​

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